domingo, 21 de febrero de 2010

"Un sueño que tuve"

_¿Ves?_ Dijo, y cerró los ojos. Pero claro, él no veía nada así. Igual la siguió observando, un poco burlándose en sus adentros, un poco tratando de entender. Aprovechó y cerró los ojos él, a ver si podía ver, pero no, no veía nada. Ella lo miró, y no entendía que no entendiera. _¡¿No ves?!_ Lo observó apretando los párpados, esforzándose por distinguir. Por las dudas probó de nuevo, cómo si la incapacidad de él la hiciera dudar de su propia percepción. Cerró de nuevo, y distinguió claramente, como todas las veces anteriores, la angustia de una madre, el llanto de un bebé, la imagen de paisajes del norte argentino, la inmensidad de un grano de arena, el rugir del mar, el viento contra sus alas. Y si se concentraba, se quedaba un rato, y se reconocía en un solo lugar, como un individuo, como una forma independiente.
Abrió los ojos. Él de nuevo la observaba fijamente, con escepticismo. No necesitó cerrar los ojos para distinguirlo a él, incredulidad, un poco de vergüenza ajena, mirándose a si misma, mirándolo a él, mirándola a ella, mirándolo a él at infinitum. _¿Ves? ¿Ves?_ Pero él no veía nada.

"El eco"

Una noche lo despertó. En el momento no supo bien si había estado ahí siempre, o si recién empezaba, pero era claro, clarísimo, totalmente audible. Metálico, lejano, sí, pero audible. Un eco. Sonaba constante, sostenido. Miró a su novia que dormía al lado y se preguntó si ella lo escucharía también. “¿Escuchas vos?”. Se sentó en la cama y permaneció inmóvil, atento, esperando que cese... no. Seguía.

Se fue a dormir al living. Preparó el sillón. Se acostó. Cerró los ojos… y ahí estaba. El eco.

Prendió la tele. Miró embobado una propaganda de llame ya, y cambió de canal (eco), un pastor hablando en portugués (eco), dibujitos animados… miró alrededor extrañado. Zaping, zaping, zaping, y entre cada zaping, eco. Puso mute. Eeeeeeeecoooooooooooo bañando el espacio, llenando el vacío de la oscuridad, eco. “La puta madre que lo parió”.

Pasó la noche sin dormir, mirando el techo, escuchando. Todo el tiempo sintiendo que estaba a punto de llorar.

A la mañana siguiente fue a ver al otorrino, el Dr. Orejez. “Escucho un eco, doctor”. “¿Lo escucha ahora?” “Si, lo escucho todo el tiempo”. “Quizás un tapón de cera”. Y le sacó la cera. “¿Ahora?”. EEEEEEECOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO. “No. Ahora lo escuchó mejor, más fuerte. El eco.”. “¿Qué eco? Yo no escucho.” Y acercó la oreja a la suya, tratando de escuchar. Atento. “Nada. Ningún eco. Vaya a ver al psiquiatra, el Dr Locus.”

Sacó turno y fue. La secretaria le indicó que pase y se acueste en el diván, que el Dr Locus lo atendería en unos minutos. Y mientras esperaba, eco en todo el consultorio. En unos minutos llegó, y lo oyó sentarse en la silla detrás de él, pero no lo vio. “Escucho un eco, doctor”. “Debería ver a un otorrino”. “Ya lo vi, él me mandó”. “¿Un eco? ¿Ahora?” “Si, todo el tiempo.”. Locus permaneció en silencio unos minutos, atento. “Yo no escucho nada. Quizás un trauma de la niñez”, y le preguntó y repreguntó, lo ayudó a ver su vida con mucha más claridad, y a entender que uno es como es, y que hay que aceptarse y quererse así. Lloró por los ojos y por la nariz, hasta que sintió que se sacaba de encima una enorme y pesada carga que había llevado toda la vida. Cuando acabaron, Locus preguntó “¿Y ahora? ¿Escucha el eco?”. Se fijó… EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEECOOOOOOOOOOOOOOO. “Si. Con más claridad que nunca.” Y realmente el eco era claro. Sin los tamices y juicios de la mente intelectual. Podía apreciar su realidad cruda. Eco. Solo eco.
“La pucha… fíjese de hacerse algún estudio neurológico”.

Y así fue que se hizo resonancias magnéticas, electroencefalogramas, y todo tipo de estudios del cerebro y la cabeza. Pero nada. Al final, el neurólogo, el Dr. Neuras, tras haber observado detenidamente los resultados, se acercó lentamente, y le apoyó la oreja en la cabeza, tomándolo firmemente con las manos. Permaneció así un rato, atento. “Yo no escucho nada”.

Pasó el tiempo y el pobre tipo dejó de preocuparse por las cosas del hombre común. Dejó el trabajo, terminó su relación amorosa, abandonó sus estudios, sus proyectos, todo tratando de descubrir el origen del maldito eco. Descubrió que cuando hablaba lo escuchaba menos, así que empezó a dar inacabables monólogos a todos cuantos conocía. Cuando no quisieron verlo más, los llamó por teléfono. Cuando dejaron de contestar, empezó a hostigar a los transeúntes, aconsejándolos, hablándoles del clima, de política, de chismes de la farándula. Aprendió a charlar dormido, porque era la única forma de dormir. Tenía largas conversaciones consigo mismo, en las que se preguntaba y se contestaba sobre el origen del eco. Pero cuando se quedaba sin respuestas, siempre volvía. Eco.

Así fue que terminó viviendo en la calle. El ruido de las avenidas y su propia voz lo distraían de ese sonido sordo que todo el tiempo estaba en el fondo.

Un mediodía, sentado en la vereda, golpeaba la botella de cerveza contra el borde del cordón, cuando notó un ruido que venía del local desocupado en la esquina diagonal a él. “Toc toc oc c….”. Un eco… sobre el Eco. Golpeó de nuevo la botella. “Toc toc oc c…”. En esa esquina tan poco transitada, el sonido del golpe contra el cordón retumbaba y hacía eco en el local de enfrente. “Toc toc oc c…”. Se preguntó cuánto tiempo más las ondas de sonido vibrarían en el aire después de que sus oídos no fuesen capaces de escucharlas. Prestó atención, mucha atención, aquietando hasta el aliento, hasta el corazón. Golpeó. “Toc toc oc ccoooooooooooooooooooo…”. Quedó perplejo. El ruido del golpe se unía con el eco constante que lo atormentaba. Se hacían uno. Volvió a golpear, más fuerte. “TOC Toc oc ccooooooooooooooooooooooooooooooooooooum tum tum tum tum tum tummmm”. Sintió como sus latidos, todos los latidos de su cuerpo, se fundían y vibraban con el eco. Siguió escuchando, tratando de percibir hasta el último segundo perceptible del sonido. Pero no se detuvo, siguió sonando dentro suyo. Hasta que lo supo. Él mismo era un eco. Vibrante en el aire, proveniente de una onda más grande, que vino de una más grande, que vino de otra más grande, que de otra más, y así. Todo era un eco. Cerró los ojos, y se dejó ser eco. Nunca más escuchó nada en el fondo. El fondo no existía. Era él. Un eco.

lunes, 15 de febrero de 2010

"Poroto"

Antes de empezar. Empiezo sin un verdadero motivo. O sin un motivo poderoso, por lo menos. Porque tengo tiempo. Porque llueve y me angustio. Porque de a poco se me acabó la paciencia, y perdí la fé en recursos más tangibles. Pero también un poco porque me gusta ver las cosas que crecen. Hasta lo que uno se inventa, crece.

El poroto que me inventé, está en la mesada de la cocina. Quedó ahí por accidente, como muchas cosas. Igual, ¿qué es accidente, no? Una vez que está, que pasó, que quedó, que nació, no importa cómo fue, importa mucho más que fue. Explicar cómo, no se termina nunca. Puedo decir que el poroto cayó justo atrás del paquete de yerba, y por eso el muchacho no lo vio. Pero cómo es que el poroto cayó justo ahí, uf, depende de un montón de cosas. De la resistencia del viento en la caída, del rebote contra la mesada (que depende también del tipo del mármol), de la mano torpe que lo dejó caer... y los cómos se extienden hasta el infinito, hasta el comienzo del universo. Así que de tan importante, no es importante. Vamos a decir nada más, que el poroto está en la mesada de la cocina, atrás del paquete de yerba, cuando el muchacho se va. Cierra la puerta, y ya no vuelve.

Afuera llueve. La ventana de la cocina quedó entreabierta, y las gotitas se meten y rebotan contra la mesada. De a poquito, muy de a poquito, van mojando el poroto entero. Para el final del día, está flotando en un charquito de agua verde de restos de yerba.

Este poroto que me inventé, es un poroto importado. Traído de oriente, de un país pequeño, y es la base de la alimentación de sus habitantes, que se caracterizan por sus extrañas proporciones. Los poroteños (nacidos en Porotea) tienen enormes orejas y enormes narices, llegando a ser en la mayoría de los casos, casi del tamaño de la persona. Los más dotados inclusive llevan arrastrando, orgullosos, sus largos lóbulos por el piso. Y digo orgullosos porque en la creencia popular, los pocos afortunados que nacen con orejas capaces de tocar el suelo de parados, son pertenecientes a una raza superior, con un poder de percepción excepcional, y son consultados como médicos brujos y perseguidos por las mujeres, que sienten una atracción irresistible hacia ellos.
Las narices, por otro lado, rara vez llegan hasta las rodillas y, al revés que las orejas, provocan repulsión si se prolongan más allá de lo normal.
Si bien estos rasgos son los más distintivos, los poroteños poseen también grandes ojos y bocas, del doble de nuestro tamaño, aproximadamente, pero en el conjunto uno podría fácilmente no notarlo.
El poroto, como decía, es la base de su alimentación. Crece en enormes campos fertilizados con cera y moco, y se necesitan varias hectáreas para cosecharlo. Así que ese único poroto se distribuye entre las miles de familias que viven en Porotea, fraccionándose miles de veces, llegando una milésima parte del poroto a cada familia, que a su vez lo divide por el número de integrantes. Esta porción, como debe suponerse, es pequeña, ínfima, pero suficiente. Cada poroto de esta especie ("porotus unicus") posee las propiedades necesarias para mantener bien nutrida a toda la nación por diez años, conteniendo los hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y minerales necesarios para cada habitante, en su milésima de porción. Excepto por el calcio, que no tiene.

Cómo es que este poroto termina flotando en el agua verde de restos de yerba, sobre la mesada de la cocina, es una pregunta que, dije antes, va muy, muy atrás. Ahora flota. Flota y se calienta al sol de la mañana que nace, y entra por la ventana entreabierta junto con la brisa de primavera que lo hace girar y girar, como un trompo. La fuerza centrífuga empieza actuar dentro del poroto. Sus misteriosas propiedades se ven afectadas por esta energía, que junto al sol, la brisa, el agua y la yerba, producen un efecto misterioso. Una mezcla, una alquimia, una combinación de proporciones perfectas. El poroto se abre, y no hay nadie en la cocina para verlo. Le salen patitas de raíz, y una cabeza de tronquito. Dos hojitas de bracitos, chiquititas, chiquititas. Y empieza a crecer. Primero despacito, con disimulo, a lo largo de días y días. Se fortalece con el calor del sol, y con el frío de la noche. Bebe agua de lluvia, y come yerba de la mesada. Calcio no tiene, pero no le importa. Crece con lo que hay.


Pasan las semanas, los meses, los años. Muy lejos, en oriente, los poroteños empiezan a sentir hambre, y a preguntarse cuánto falta para su ración de poroto. No tardan en descubrir que la cosecha desapareció, y por más que buscan y buscan, el poroto no aparece.

Como un árbol majestuoso, el poroto se ha elevado muy por encima del techo de la cocina. Atravesó el piso del departamento superior, y sus raíces se hundieron y arraigaron por debajo del mármol, de las baldosas, de la tierra misma. Los del primer piso convocaron a una reunión de consorcio para debatir el problema y conseguir un permiso para talarlo, pero la burocracia prolongó demasiado el trámite y el poroto atravesó el segundo, tercero y cuarto piso. Ahora está llegando al quinto, y todavía no consiguen el permiso.
Así, los vecinos de las viviendas afectadas unen fuerzas y deciden resolver el problema por sus propios medios. Armados con hachas, serruchos y una motosierra, irrumpen en el departamento de la planta baja dispuestos a talar el árbol de poroto. El propietario no está, nunca volvió. Sólo un enorme tronco adentro, y dos enormes hojas cayendo a los lados, color verde limón. Todo tipo de insectos caminan sobre él. Cucarachas, arañas, hormigas, ciempiés.
Indignados, se lanzan contra el tronco, hachándolo, serruchándolo, motosierrándolo. Pero nada es suficiente. Su corteza de poroto es demasiado rígida, pronto las herramientas pierden sus filos y sus dientes, y la superficie del árbol sigue indemne.

Hacia arriba, sigue creciendo. Los vecinos escuchan desde sus departamentos como las ramas atraviesan el último piso y se liberan hacia el cielo. Sentados en sus sillones, alrededor de la enorme estructura que se prolonga como una columna en el centro del living, no pueden hacer nada más que observar.

Con el paso del tiempo el problema toma dimensiones inesperadas, y pasa a convertirse en un asunto de estado. Las ramas se enredaron en los cables de electricidad, y parte de la ciudad se encuentra sin luz. Enormes hojas verde limón crecieron todo a lo largo de la enorme estructura, y tapan el sol de los jardines de la manzana. Las raíces atravesaron los cimientos del edificio, destruyendo las cañerías. Así, el número de trastornos fue creciendo junto con el poroto, hasta que el asunto es finalmente llevado al congreso. Por decisión unánime se resuelve utilizar todos los recursos necesarios para arrancarlo de raíz, y replantarlo en algún tipo de reserva natural, con el fin de preservar y estudiar este extraño espécimen cuyo crecimiento parece no llegar a su fin.

Se utilizan todo tipo de maquinarias industriales, pero para cuando se lleva a cabo la iniciativa, las raíces se han hundido tan hondo y han crecido tanto, que les es imposible arrancarlas. Y solamente el intento le ha costado a la ciudad varios cientos de millones de pesos, dado que la profundidad y la extensión de las excavaciones es comparable a la de la construcción de una pequeña red de subtes.

Todas las tardes, a la hora que la ciudad toma un color medio anaranjado o rojizo, miles de cascarudos salen del poroto y recorren volando las calles, metiéndose en los departamentos, picando a los transeúntes. Y es tal la densidad, que por momentos parecen nubes de tormenta traídas por el viento. Pero no son bichos comunes, claro. Son exóticos, enormes, como del tamaño de una mano. Muy comunes en Porotea, pero nunca vistos acá. De colores brillantes, turquesa, fucsia, amarillo fosforescente. Y zumban al unísono, farfullando una sinfonía estremecedora.

Para los poroteños, la coexistencia con esta especie de bicho es cosa de todos los días, y han desarrollado una especie de relación simbiótica con ellos. Los cascarudos, que se alimentan principalmente de insectos más pequeños, como arañas, ciempiés y hormigas, son los responsables de preservar los campos de poroto, puesto que son éstos más pequeños la principal amenaza para su cultivo. Tal es el agradecimiento que los habitantes de Porotea sienten hacia ésta especie, que hay severas penas para quienes atenten contra su integridad, siendo la muerte en la horca la más extrema.

Del origen de los cascarudos se sabe poco. Los científicos poroteños han concluido que nacen por generación espontánea en las inmediaciones del poroto, y se sabe que duermen durante el día, hasta el atardecer, en cavidades oscuras de diversos tipos. En Porotea, los habitantes prestan sus enormes orificios nasales para albergarlos, ostentándolos especialmente en fiestas y reuniones sociales como muestra de su espíritu noble.

Pero acá, el cascarudo es una plaga maldita, creciente. Cada atardecer la nube de bichos se hace más y más densa en tanto el árbol de poroto sigue creciendo. La rama más alta ahora se pierde de vista. Es mirar para arriba, y ver que sube y sube y sube, y ya no se ve hasta donde. El tronco es cada vez más robusto. Hace ya varios meses que reventó la estructura del edificio, aplastando a algunos pobres inquilinos distraídos que veían televisión, y se extiende varios kilómetros a la redonda. La ciudad es evacuada, y lo que empezó como un poroto, terminó como emergencia nacional.


Los cascarudos crecen hasta alcanzar el tamaño de una persona promedio, y arremeten contra la humanidad, devorando los intestinos que son manjares similares a los ciempiés. Para cuando las raíces del poroto cruzan el océano, la especie humana está perdida. Los poroteños, familiarizados con la especie (aunque en menor tamaño), forman el último frente de resistencia, pero mueren incinerados en un torpe intento por quemar el refugio de sus enemigos, sus propias fosas nasales. Todo Porotea huele a pelo nasal chamuscado. Lo que queda de esa hermosa civilización no es más que un montón de cadáveres con narices carbonizadas.

La especie de los cascarudos prospera durante varios milenios, alimentándose de bichitos, y expandiéndose en el espacio exterior a medida que el árbol de poroto crece. Siendo la raza dominante, y sin grandes adversarios, tienen tiempo para la contemplación de la naturaleza, de los cielos y de la tierra. Sus cerebros evolucionan y se convierten en seres sensibles, muy elevados espiritualmente, alejándose más y más de su naturaleza de bicho. Sus características físicas se adaptan también, con el paso del tiempo, a sus nuevas condiciones de vida, y su exoesqueleto se debilita cada vez más. Ahora son seres gelatinosos, blandengues, que fagocitan criaturas más pequeñas por endocitosis y dedican la mayor parte de su tiempo a la meditación. Así, descubren que nada en el mundo terrenal merece mayor atención, porque todo está en constante movimiento, y lo que ahora es, luego no es. Así que dejan de amar, porque luego van a odiar, y de odiar porque luego van a amar. Dejan de decir, dejan de planear, dejan de preocuparse. Ya no se forman familias, van de a uno. No forman hogares, comen y duermen por ahí. En las fiestas, nadie baila, contemplan solamente.

El eje del desarrollo tecnológico se basa en la observación espacial. Avanzadas teorías ópticas permiten la creación de instrumentos similares a los telescopios, pero para usarse con seis ojos (los cascarudos tienen doce), llamados “poliobservoscopios”. Con ellos pueden llegar a verse en directo las explosiones de las estrellas más lejanas, y el núcleo de un átomo en la luna.

Desde allá, las ramas del árbol de poroto son claramente visibles. El planeta entero se ve como una enorme costra blancuzca, con una prolongación, su rama más larga, que sale del lugar en el que alguna vez estuvo la cocina de la planta baja. Manchas verde limón salpican el paisaje, como pintitas.


Seis mil, o siete mil años después del surgimiento de los cascarudos, que ya no son, porque no tienen cáscara, una de las ramas del poroto atraviesa la luna, como un brochette. La tierra y su satélite quedan ahora unidos por una prolongación, y todo el movimiento dentro de sus órbitas se modifica. Los cascarudos no pueden anticiparlo, tan concentrados están viendo cuerpos infinitamente más lejanos. La tierra impacta con Marte, a la altura de dónde solía estar el continente asiático, y la mitad de la población de cascarudos muere en el colapso. Un nuevo planeta se forma de la unión, que dan a llamar “Trrrr Rjjjj” (tierra roja, en cascarudo antiguo).
Los cascarudos no lloran a sus muertos. Como dije, no se preocupan de los asuntos terrenales. En cambio, los sobrevivientes aprovechan el nuevo espacio, y se dedican a hacer expediciones a la luna, a la que ahora pueden acceder trepando por las ramas del poroto en larguísimos viajes que les llevan toda la vida. Eso, o hacen dedo hasta que algún cascarudo primitivo más robusto los acerca volando. Hay un campamento ya formado allí, en el que los más viejos y sabios pasan sus días dedicados a la práctica de la anaerobics (antigua técnica de meditación en la que se desarrolla la respiración en ausencia de oxígeno). Pero la paz en la luna no dura mucho. Los más jóvenes empiezan a establecer campamento y cultivan marihuana. Intoxicados, cantan hasta la madrugada, tienen orgías, dejan basura tirada.

Un poco porque cada vez es más difícil encontrar un lugar silencioso y pacífico en el que contemplar, y otro poco porque los cascarudos no pueden dejar de mirar hacia arriba, poco a poco van animándose a seguir subiendo. Trepando, trepando, mucho más allá de la luna, por las ramas que se extienden en el espacio infinito, avanzan impulsándose en gravedad cero. Como en el agua, un solo impulso los lleva flotando varios metros hacia delante. O atrás. O arriba. O abajo. Depende desde dónde se lo vea. Cada vez son más etéreos, más puro espíritu, buscando el final del poroto. Persiguiendo la punta de la rama más larga. Cuando llegan al sol, que cuelga enredado de una, ya no tienen cuerpo que quemarse. Ahí se quedan, fundida su energía en él. Pero el poroto no. El poroto sigue y sigue, mucho más allá.

Varios Trillones de años luz de la tierra roja, existe un planeta de unas cinco mil veces su tamaño. Sus habitantes, cada uno de dos o tres veces sus dimensiones, perciben a lo lejos la llegada de algo que se aproxima. Perciben, porque estos seres no poseen nuestros cinco sentidos. Ni tres, ni cuatro. Viven la realidad a través de un solo sentido, que no tiene nombre, porque no tienen idioma. No conocen el tiempo, pero para nosotros, un segundo de allá, son millones de años de acá. No conocen el acto de conocer, ni tienen pensamientos. Por eso se prolongan hacia el cielo y se toma cada uno de la puntita de una rama cuando el árbol de poroto cruza por encima de sus cabezas.

Ahí van, recorriendo el cosmos, y lo que ven es lo que cuento a partir de ahora, con las palabras que forzosamente tengo que usar para describir lo que ve alguien que no es alguien, con ojos que no son ojos.

Todo pasa al mismo tiempo. Las estrellas se crean y se destruyen, los seres nacen y mueren, es de día y es de noche. Ven desde la galaxia más inmensa, hasta la partícula más pequeña, y ninguna importa más, o importa menos, son lo mismo. Allá a lo lejos, acá nomás, se ve desde la rama el final del universo. Cuando parece que se va a terminar, se expande un poquito más.

Pero también se contrae. También, y al mismo tiempo, todo vuelve a su principio. Las ramas retroceden. Ya son de nuevo un poroto en la cocina. Ya un poroto en la tierra de Porotea. Ya partes. Ya. Ya. Ya. Ya un punto en medio de la nada que no es nada, la nada inimaginable, que contiene todo lo que existe, todo lo que es, todo lo que fue, todo lo que será.

Al mismo tiempo que se expande y se contrae, el punto explota. De nuevo se despliega formando a su paso planetas, estrellas, satélites, tierra, árboles, agua, fuego, organismos unicelulares, peces, dinosaurios, monos, humanos, poroteos, porotos, cocinas, mesadas. Y justo ahí, en la mesada de la cocina, atrás del paquete de yerba, cae un poroto.