viernes, 30 de abril de 2010

30 de octubre

Me caso, rarísimo. Lo bueno es q va a haber salchichitas envueltas en masa con mostaza, tarteletas, sambuchitos, tortas ricas, y lo más importante... "JARRAS DE COCA COLA CON HIELO". De vidrio. Ah, y amor! Mucho, mucho amor.

martes, 27 de abril de 2010

?

A veces me olvido un poco, y no se bien que hacer, para dónde quería ir? El camino que tenía en frente ahora no existe, y los otros son muchos, y terminan todos en un abismo enorme que es la nada.

lunes, 26 de abril de 2010

Del pasado!

Hoy me dejé un mensaje en el contestador de casa, desde el celular, recordándome que anote algo en la agenda, porque me la había olvidado. Creo que es una forma muy práctica de darse cuenta que uno no es el mismo que hace un ratito. Haga la prueba sr. lector, se cae de maduro que el que deja el mensaje no es el mismo que el que lo recibe... o yo estoy re chapa.

NOTA: eso si, NO hay que dejar el mensaje hablando en primera persona, sino no tiene gracia. Háblese al usted del futuro, que va a recibir el mensaje del usted del pasado. Es bastaaaaaaante flayero.

viernes, 23 de abril de 2010

me di cuenta

Hace mucho que no escucho a nadie usar la palabra "trolo".

jueves, 22 de abril de 2010

FANTAAAAASMAAAAAS

Los fantaaaaaaasmas que vuelven... cada vez dan menos miedo.

jueves, 15 de abril de 2010

"Elvira"

La lengua de Néstor, él no lo sabía, tenía identidad, se llamaba Elvira. Desde la boca gobernaba todo lo que él decía, y decidía qué comunicados serían emitidos, y qué comunicados no. Si, por ejemplo, Néstor se enamoraba, Elvira se hinchaba de celos y no lo dejaba decir palabra. En vez, balbuceaba y escupía, lo que frustraba cualquier intento del pobre hombre de acercarse a una chica.
Cuando se enojaba, primero se endurecía de furia, porque era muy temperamental, y después salía disparada a toda velocidad, articulando en segundos frases larguísimas, llenas de sarcasmos hirientes, ironías y palabrotas.
Otras veces se aletargaba, y quedaba amodorrada contra el paladar. Todo el día. Si le hablaban, Néstor intentaba despabilarla con técnicas de control mental, pero Elvira andaba despacito, y ahorraba camino juntando las consonantes que estaban cerca, gangoseando todo el discurso.

Un buen día Néstor se cansó de luchar contra su lengua. Agarró un cuchillo de carnicero y se la rebanó de un solo tajo. La reemplazó con una de vaca que compró en la carnicería, mucho más dócil y benevolente. Ésta hacía lo que él quería. Pero pronto descubrió que no tenía nada importante que decir, perdió a todos sus amigos que lo querían por lo desatado de su lengua original, y murió de tristeza y soledad.

Elvira vivió muchos años llenos de abundancia. Se casó con la oreja cortada de un pintor famoso, y se establecieron juntos en París. Eran el uno para el otro.

Se dedicaron a la contención espiritual de personas desahuciadas. Él escuchaba, ella aconsejaba. Todos en la ciudad acudían a ellos, con muy buenos resultados.

Cierta vez, un vagabundo apareció en su consultorio, en busca de una solución a sus problemas existenciales. Durante horas y horas se lamentó de su desgracia por ser pobre y feo, y de lo injusto de la vida, y de su padre alcohólico y su madre prostituta. Cuando terminó, Elvira, basada en la cuidadosa escucha de su marido, opinó: “es lo que hay”. El hombre se iluminó, consiguió trabajo de lavacopas en un restaurante famoso, y a los pocos meses se hizo millonario. A modo de agradecimiento, les regaló a los dos un castillo en la punta de la torre Eiffel, en dónde vivirían el resto de sus vidas, en comunidad, como ya van a ver cuando les cuente más adelante.

Los años pasaron y, aunque tenían todo cuanto hubieran deseado, empezaron a sentir que faltaba un sentido en sus vidas. Fue entonces que decidieron pedirle a la cigüeña vecina que los bendijera con un retoño. Así, a los pocos meses, dos hermosos ojitos celestes se agregaron a la familia. Mellizos. Un nuevo sentido. No podían ser más felices.

Ahora que veían, su negocio de asesoramiento espiritual se vino abajo rápidamente. Resulta que los nuevos mellizos, aunque bellos, eran terriblemente prejuiciosos. Nomás veían que llegaba un rubio, y entraban a sacar conclusiones apresuradas, de que eran vanidosos, consentidos, que tenían plata, y un montón de cosas más, que no tenían nada que ver con la realidad del pobre tipo. Ofendidos e insultados, poco a poco, los pacientes dejaron de ir.

Como la mansión en la punta de la torre Eiffel era muy grande para ellos cuatro, Elvira decidió empezar a alquilar las habitaciones que no usaban, manera también de conseguir unos dineros, ahora que el negocio no funcionaba.
Respondiendo al anuncio publicado, manos, pies, apéndices, cerebros, y toda clase de órganos humanos y animales, se presentaron para solicitar estadía. Como los cuartos no eran suficientes para todos, Elvira, la oreja, y los dos ojos celestes realizaron las entrevistas para determinar qué huéspedes eran los más deseables. Por supuesto que la combinación de la mirada prejuiciosa de los nuevos integrantes de la familia, con el temperamento de Elvira, dificultó mucho la delicadeza en la selección.
Una nariz, por ejemplo, llegó pidiendo una habitación para instalarse por tres días. Le contestaron que no, que estaba demasiado roja, y eso era un signo de ebriedad. La nariz, que estaba roja por el sol, pero que también, casualmente, era alcohólica, sintiendo herida su sensibilidad, estornudó sobre Elvira adrede, dejándola cubierta de moco.
Como esa, un montón de situaciones más, con un par de pies sucios, una cabellera despeinada, un intestino grueso. El colon hizo estragos cuando le dijeron que se calmara un poco, que estaba irritable.

El primer huésped aceptado fue el cerebro de un filósofo relativista. Éste cerebro era relativista a tal punto, que si le preguntaban dónde quedaba una calle, él contestaba “depende”. Sus respuestas nunca eran “si” o “no”, a lo sumo “tal vez” o “no necesariamente”. Todo esto sonaba muy elegante, y la familia, deslumbrada, lo albergó inmediatamente.

Dada la naturaleza cerebral del nuevo inquilino, fue inevitable su influencia sobre los demás órganos sensitivos inferiores, por lo que las entrevistas que siguieron fueron ya no solo desagradables, sino también sumamente confusas.
“¿Puedo quedarme a pasar la noche?” preguntó un ombligo. “Podría si fuera usted mismo el que amanezca mañana, pero como el usted que habla no es el mismo que el que llegó hace dos minutos, porque todo está en continuo cambio, entonces no será usted el que amanezca mañana, por lo tanto no pasará la noche usted, que ya tampoco es el usted con el que empecé a tener ésta conversación, desde el momento que el tiempo transcurrió, y se vio modificado por mi presencia y más aún por mi explicación. Si usted pregunta, tal vez su mente tenga la ilusión de que será usted mismo el que amanezca mañana aquí, pero le puedo asegurar que habrá células de su cuerpo que ya no estarán, y que habrá nuevas. Por lo tanto, si usted llama “yo mismo” a su presencia tal cual es ahora, entonces no, le diría que es imposible que pase la noche aquí. Por otro lado, si usted llama “yo mismo” a la ilusión de permanencia y continuidad que engaña a su mente, entonces tal vez podríamos decir que podría pasar la noche, pero debe saber que ese “yo mismo” es tan solo una ilusión de realidad”. “Usted es insoportable” replicó el ombligo. “Depende”.

Entre la lengua temperamental, el oído atento, los ojos prejuiciosos, el cerebro relativista, y las demás partes desmembradas que buscaban hospedaje y superaban la prueba de tolerancia que suponía semejante grupete, se fue formando un ser superior. Éste ser, como resultado de la suma de sus partes, resultó imperfecto. Charlatán, incisivo, indeciso, manipulador. También espontáneo, frontal, y cauteloso. Una criatura horrible. Muy humana.

El corazón fue el último en llegar, cuando el nuevo hombre estaba casi listo para andar. Con él, llegaron los problemas. Resulta que Mr. Corazón, como le gustaba que lo llamen, era un seductor peligroso, y puso los ojos en Elvira desde el momento que llegó al castillo. Ya en la entrevista, el oído percibió una energía extraña entre los dos, una tensión contenida. Pero claro, el cerebro la relativizó. Hasta que una noche volvió del trabajo y los encontró a los dos en la cama. “¡No es lo que parece!” gritó Mr Corazón, pero Elvira estaba lamiendo sus arterias principales. La imagen fue crudísima.
La oreja quedó perpleja, no podía creerlo. Su amada, con otro órgano. Quiso correr lejos, pero permaneció quieto, en silencio, observándolos. Entonces fue ella quien corrió, huyendo desnuda y avergonzada, sintiéndose vil, débil y sucia.

Buscó refugio en el cadáver de Nestor, que afortunadamente había sido embalsamado en la morgue judicial, como preparado de observación para los estudiantes de medicina. Vivió ahí algunos meses, buscando desahogar sus penas con los adolescentes que se acercaban a curiosear, pero estos huían despavoridos ante el muerto parlante.

Mientras tanto, el señor oreja y Mr. Corazón seguían conviviendo bajo el mismo techo, en el castillo. Se respiraba una atmosfera densa, de homicidio inminente. Mr. Corazón dormía a duras penas, paranoico, con un cotonete bajo la almohada.

Llegó el día en que Elvira regresó. Los dos la recibieron en silencio. Traicionera y todo, la necesitaban. Ninguno dijo nada, no se tomó ninguna decisión. De quién era el amor de Elvira, no se sabía. Pero aprendieron a vivir así, cada uno tratando de conquistarla. Cuando Mr. Corazón ganaba, Elvira hablaba de pasiones y planeaba viajes. Cuando la oreja ganaba, Elvira pasaba más tiempo callada, y aconsejaba sabiamente a las personas. A veces ganaba el colon, y Elvira decía mierda todo el día.

Esta es la historia del nacimiento de Elvira, como llamaron a la criatura que formaron entre todos, en comunidad. El nombre Elvira, por supuesto, se lo puso Elvira, porque es la que tiene siempre la última palabra. Dentro de la pobre Elvira todos opinan, que si, que no, que tal vez, que no necesariamente… pero al final, siempre es Elvira la que contesta.

viernes, 9 de abril de 2010

Intolerante

Espero que no se haga costumbre en mí, estar así, tan intolerante y criticón. No me soporto.

miércoles, 7 de abril de 2010

Aclaración

Había escrito algo en el post anterior, que el que entró en los últimos días pudo leer. Lo saqué porque, pensándolo bien, era una asquerosidad bastante innecesaria.

domingo, 4 de abril de 2010

viernes, 2 de abril de 2010

La nada que se abre

En medio de todas sus miradas, de todas las sonrisas, de sus respuestas hostiles, de su indiferencia, de los abrazos que fueron, de los que no fueron, del tiempo infinito, del futuro juntos lleno de tristezas y diferencias irreconciliables, de las posibles preguntas, de las posibles respuestas, en medio del todo inagotable que se abre en esa nada, estoy yo solo, sentado y pensando. Sabiendo cada vez más que nada de eso existe, y lamentando toda esa nada perdida que se abre en éste todo que sí.

Verdades de cotillón

No lo puedo describir bien, es como un vacío de otoño. Como si todo lo que hay fuera un poco de cartón, un poco muy frágil para sostenerse. Como si lo hubiera armado yo mismo, un tiempo atrás, hace poco, para jugar a sentirme seguro, cuando otras certezas de cotillón se pusieron viejas y terminaron por venirse abajo.

Ahora que conozco las verdades de cartón, quiero hacerme unas de material. Que sean nobles, eso sí. Pero todas me parecen de cartón. Y cuando pruebo de nuevo con las viejas, aunque las mire bien de frente, no puedo evitarlo, no hay caso, siguen siendo planas.
Me da vértigo ver que la escenografía se viene abajo, y no hay cotillón de calidad. ¿Qué hacemos sin certezas de cotillón? Si el cartón es todo lo que hay...

Feliz feliz, alegre alegre

Por un segundito, cortitísimo, rapidísimo, me di cuenta. Ahí, un día más como cualquiera, pensando en lo que no tengo, lamentando en lo más hondo, temiendo perder lo que sí tengo, descubrí que es eso. Yo le puse felicidad. Está justo en el medio del arriba y el abajo, de la victoria y la derrota, de la alegría y la tristeza. Todos la conocemos, es un segundito, cortitísimo, rapidísimo, la conciencia. Sino ya no es. Es una idea, una abstracción de la verdadera cosa. Está ahí todos los días, pero no siempre se ve.

Ahora, escribiendo, me di cuenta también. No tengo nada para perder ni para ganar. Ahí esta, ves? Por eso es que no puedo verla todo el tiempo.