miércoles, 23 de febrero de 2011

Los que van cayendo

Todo se ve enrarecido por esa sensación de que la cara se cae, de que ni siquiera las comisuras pueden sostenerse en su tonicidad mínima, igual que la lluvia afuera en la calle, cae. Cuando mira a la gente desde su mirar caído, parece que están cayendo también. No es un descenso veloz, es más bien lento, como el comienzo de una caída muy larga, que va a ser cada vez más rápida y más vertiginosa. Ahora solamente se intuye.
De a momentos se cruza con alguien que cae a una velocidad más o menos similar. No pueden decirse mucho, en la angustia de saberse cayendo, o creerse a punto de caer. Igual, la aceleración nunca es idéntica, y tarde o temprano se pierden de vista, porque uno de los dos empieza a irse cada vez un poco más arriba, o un poco más abajo, hasta perderse en la distancia. En el trayecto que van juntos, alcanzan por lo general a decirse algo, aunque no siempre logran escucharse.

lunes, 21 de febrero de 2011

miedo

Sobrevivo porque dentro de todo debo ser un poco valiente, porque en general tengo bastante miedo todo el tiempo.

viernes, 11 de febrero de 2011

La fiesta larga

Aunque eran dos extraños, en el sentido de que no se conocían, se vieron sentados juntos en los escalones de la entrada de ese banco. Él se sintió perdido, y paró, como para tomar distancia y ver si mirando de más lejos se encontraba. Ella ya estaba ahí desde antes.
Empezaron a charlar, y no tenía nada que ver que ella fuese mujer y él hombre. Charlaban porque se encontraron entre toda esa gente que pasaba caminando, y que subía y bajaba de los autos. Yo los vi desde el colectivo.
Él le contó que había llegado hacía muchos años, pero que, como el lugar era tan grande y la cosa duraba tanto, fue perdiendo de vista a la gente con la que llegó, y hasta los mejores amigos que había hecho en ese tiempo se habían ido confundiendo entre la multitud.
Ella le dijo que cuando llegó la recibieron muy bien, pero ahora, que había tantos nuevos, pasaba bastante inadvertida, y no sabía muy bien a dónde tenía que ir, o qué cosa es que tenía que hacer.
Los dos buscaban la salida, que no aparecía por ninguna parte, y aunque preguntaban y preguntaban, nadie parecía saber hasta cuándo duraba la fiesta, o cómo hacer para rajarse antes.

lunes, 7 de febrero de 2011

Mira la señora

De pronto mira la habitación, y un poco no sabe cuánto tiempo estuvo sentada, ni qué hora es, ni recuerda demasiado bien desde cuando vive en ese departamento. La lámpara del living está prendida, pero fue tan gradual el cambio de luz de la tarde a la noche, que tampoco sabe si la encendió recién o si estuvo todo el día prendida. Piensa que se acaba de despertar, que se dormitó sentada en el sillón, o se abstrajo demasiado en sus pensamientos. Mira alrededor, pero no se mueve. Decide mirar, solamente. A esa hora siempre pone el agua para los mates, y espera que alguien toque el timbre. Hoy le parece evidente que no va a venir nadie. Hoy se siente estúpida por esperar cada día que toquen el timbre. Y le parece estúpido calentar el agua, y estúpido ponerse a hacer cualquier cosa. Después de un rato, le parece estúpido también quedarse sentada mirando, y se para.
Camina hasta la cocina y pone el agua. Mientras espera que se caliente, observa como por primera vez los imanes en la heladera. Un calendario chiquito del 2001, un recuerdo de Lujan de Cuyo, fotitos descoloridas de los chicos cuando eran bebés. Arriba de la heladera, la planta que le regaló su nuera el domingo. La pava empieza a silbar, y siente el fastidio de tener que apurarse a sacarla del fuego.
Toma los mates en silencio, y acompaña con tostadas con mermelada. Por detrás de sus anteojos se deslizan las lágrimas, y algunas caen sobre el mantel. Está anocheciendo.