viernes, 23 de septiembre de 2011

ego

Las llagas en la boca,
los dientes se aprietan, y quieren devorarse.
La lengua quemada arde,
los labios secos se quiebran.
Desde la boca del estómago sube,
en el pecho se abre, y ahí queda.

La voz sale, vacía.
Adentro se sigue enroscando y creciendo.
Se alimenta, como una lombriz.
Solitaria espera.

No esperes. No esperes más.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Mi papá

Estábamos sentados en la puerta del edificio, esperando que lleguen de viaje. Yo, por algún motivo, no podía respirar, en esa época no me preguntaba por qué me pasaban las cosas. Cada vez más el pecho me silbaba, y más tenía que esforzarme. Aunque no me preguntaba, igual empecé a tener miedo. Y ellos que no llegaban, y no llegaban...
No me acuerdo bien, pero me parece que empezó a llover. Si no era afuera, entonces era adentro mío, porque me acuerdo de la lluvia. Él estaba sentado al lado mío, enorme. En esa época se sentaba en los escalones, como cuando me llevó a ver batman vuelve, y solamente quedaban asientos en la primera fila, ahí también terminamos sentados en un escalón. "El culo como una moneda". Creo que nunca más lo volví a ver sentado tan abajo. Parece que con los años la gente deja de sentarse en cualquier lado.

En un momento el fastidio y la angustia se hicieron enormes. Ella, parada al lado nuestro, mirando a la distancia si los veía venir, estaba cada vez más preocupada. Creo que le dijo algo, y ahí fue que él insistió en que los dos volviéramos caminando a casa, que no importaba cuando llegaran. Ella volvía sola. Todavía no sé por qué, nunca pregunté.

Caminamos por la calle oscura, abajo de la lluvia, primero en silencio. Íbamos de la mano, creo. En algún momento me quejé, o él me vio angustiado, y yo pensé, o dije algo en voz alta. Qué iba a hacer, no podía respirar. Él me dijo casi sonriendo, que no me preocupara, que siguiera caminando. Me preguntó qué cosas me molestaban, en la escuela, o en casa, o en la vida. Le dije cualquier cosa, lo que se me ocurrió, nomas para seguir la charla, que me molestaba Ezequiel en el colegio, y que a veces no me gustaba cuando él me retaba. Él no me dio grandes soluciones, me escuchó solamente, mientras yo trataba de regular el aire para llegar a completar las frases, y me dio el equivalente en palabras a unas palmaditas en la espalda. Pero sobre todo, me dijo que no me preocupara, que siguiera caminando. No sé en qué momento la lluvia paró, y el pecho dejó de silbar.